¿Se atrevió a decírselo por escrito?

Dedo

wedding ring

No estaba nada seguro que fuera ella. Se acercó un poco. Los cabellos cortos le despistaron aunque si ella hubiera pasado por tal episodio de la vida sería natural haberlo recortado, o dejarlo crecer. El color tampoco le sonaba, aunque en los tiempos de antes fuera teñida y ahora iba más natural. Buscaba excusa para hablarle, por si fuera el caso. Le diría ¿qué? ¿Que le había confundido por otra, alguien que llegó a conocer, ya hace tiempo? Se apartó del puesto de pescadería y se adentró en el supermercado. No necesitaba mucho género, prioridad un tinto para acompañar la cena de tostadas con ajo y tomate y aceite y lomo adobado, palillos, la longaniza válida compra para los cazadores en casa, pasta que pasta.

Ya en la caja, con cierta prisa, aún la veía en el banco de espera delante de salmones y lubinas, gambas y mejillones, absorbida en la pantalla entre las manos, los dedos marcando momentos eternos. Él metió la compra en la bolsa de plástico proporcionada por la cajera y se despidió, volviendo hacia la salida entre puestos de comida preparada, carnes y delicatessen. Ella se había levantado, la despachaban ya. Él se acercó sigilosamente, casi de lado cual cangrejo, fingiendo no tener un interés especial, aunque dispuesto a revelarse, con ganas.

Ella levantó la vista del deshielo visperal y dedo señalante y se reconocieron, sonrisa abierta, la ciudad prohibida. Hablaron de aquello que los había presentado, hace tiempo ya, a través de sus ojos verdes. A él le daba absolutamente igual lo que hablasen, y aunque no eran más que palabras, disfrutaba de cada sílaba, ansiaba cada gesto, la almilla verde de pelo corto reluciente, las botas de marrón, las gafas negras de pasta, el pupilo resguardado.

Servida y pagada la bandeja de sepia y porexpan, ella siguió contándole una época complicada. De repente cortó ella, era la hora de irse a casa para no dejarse llevar. Se despidieron sin beso, cree recordar él, y cree que lo recordaría. No se atrevió a mirar el dedo anular. Volvió ella al banco a recoger el resto de la compra. Él se larga por las puertas automáticas del mercado. No mira hacia atrás para no dejar de mirarla nunca.

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Oedipus and Elektra

Excerpt from Reflections: Revised Edition 2018…available June 2018…

A five-year-old Freud, growing up in stuffy, late-nineteenth century Austria, may have discovered that having a thing dangling between your legs would free him from the social restrictions suffered by his female contemporaries, and came to the conclusion that they were jealous of boys being allowed to climb trees.

If you are mistreated aggressively by your mother and have difficulty getting along with her, then you may feel more at ease with your father, assuming he treats you with greater equanimity, not to mention affection and respect. Should this shift in identity take place in the case of a woman, this could mean that she would taking on the stereotyped (or perhaps better said, mythical) male tendency towards aggressiveness, argument and competition, and in doing so, will effectively copy her mother’s behaviour and become, in some ways, her mirror image. Then when she meets a potential (in this case male) partner the woman may frighten them off because she will appear to be competing with them for power, a rivalry which boys have been taught to watch out for. Rejection by or of your mother may mean you reject your own femininity, unless this figure was administered by a friend, a grandmother or in books you read late at night.

This apparent loathing of the mother figure, (an aversion occasionally atoned by a perplexing, trembling compassion) Carl Jung called the Elektra complex, to counterbalance Freud’s insistence that only boys could be unnaturally attached to their mothers, and not girls to their fathers. Freud likened a man’s fate to that of Oedipus, he that unwittingly killed his father and begat four half-siblings with his own mother and was mortally shocked when he found out. All Elektra did (or at least that’s what she said) was to collaborate in her brother’s plot to commit matricide in revenge for their father’s murder at the hands of the mother’s lover.

These two complexes should never be thought of in terms of a desire to have sex with a progenitor, but rather of power struggles in relationships often sparked off by the ambiguous, perplexing growing pains of sexual and social ripening, as if each sex were jealous of the other. Maybe we owe many a 20th century gender issue to overplayed Greek tragedy.