Oedipus and Elektra

Excerpt from Reflections: Revised Edition 2018…available June 2018…

A five-year-old Freud, growing up in stuffy, late-nineteenth century Austria, may have discovered that having a thing dangling between your legs would free him from the social restrictions suffered by his female contemporaries, and came to the conclusion that they were jealous of boys being allowed to climb trees.

If you are mistreated aggressively by your mother and have difficulty getting along with her, then you may feel more at ease with your father, assuming he treats you with greater equanimity, not to mention affection and respect. Should this shift in identity take place in the case of a woman, this could mean that she would taking on the stereotyped (or perhaps better said, mythical) male tendency towards aggressiveness, argument and competition, and in doing so, will effectively copy her mother’s behaviour and become, in some ways, her mirror image. Then when she meets a potential (in this case male) partner the woman may frighten them off because she will appear to be competing with them for power, a rivalry which boys have been taught to watch out for. Rejection by or of your mother may mean you reject your own femininity, unless this figure was administered by a friend, a grandmother or in books you read late at night.

This apparent loathing of the mother figure, (an aversion occasionally atoned by a perplexing, trembling compassion) Carl Jung called the Elektra complex, to counterbalance Freud’s insistence that only boys could be unnaturally attached to their mothers, and not girls to their fathers. Freud likened a man’s fate to that of Oedipus, he that unwittingly killed his father and begat four half-siblings with his own mother and was mortally shocked when he found out. All Elektra did (or at least that’s what she said) was to collaborate in her brother’s plot to commit matricide in revenge for their father’s murder at the hands of the mother’s lover.

These two complexes should never be thought of in terms of a desire to have sex with a progenitor, but rather of power struggles in relationships often sparked off by the ambiguous, perplexing growing pains of sexual and social ripening, as if each sex were jealous of the other. Maybe we owe many a 20th century gender issue to overplayed Greek tragedy.

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La meditación sensorial y el umbral de consciencia

Will in pool cropEn la novela American Rust (Óxido Americano, Philip Meyer 2009), hay una escena en la que se describe nuestro antihéroe Billy Poe en una jornada de caza en solitario. La espera del paso de un ciervo por el claro del bosque significa tener que mantenerse inmóvil. Rifle en ristre, Billy entra en una especie de trance, todo su persona en ralentí, el corazón desacelerado al mínimo necesario para mantener el flujo sanguíneo, la respiración reducida a menos de un susurro, todos los músculos relajados, la mente apagada con excepción de lo puramente sensorial. Olfato, oído y visión no aumentadas sino priorizadas ya que no hay distracciones verbales: no hay pensamiento.

La meditación puede tomar muchas formas y no es del todo necesario practicarla con las piernas cruzadas, la columna vertebral en línea con el centro de la tierra, las palmas hacia los cielos. Puedes encontrar tiempo en tu vida diaria para desconectarte de tus pensamientos y para arrear el artilugio directamente desde el disco duro; es decir, permitirte que las imágenes y semillas de intuición broten y te lleguen libremente del inconsciente, la sombra. Hay abundantes actividades que proporcionan un relajante efecto parecido, incluso la pesca contemplativa o la construcción de un muro, desyerbar el jardín o remover una deliciosa mermelada al fuego lento; pero deben ser tareas que no necesitan de procesos de pensamiento de ninguna clase, aunque tampoco hace falta que sean totalmente triviales. Eso sí, serán tareas que puedan llevarse a cabo en piloto automático. La mente aplacada, casi en blanco. La meditación es sobre todo aprender a apagar un ratito la mente parlanchín para que puedas sentir sin interrupción. Por decirlo de otra manera, pensar sin palabras.

Hay mucha gente que confiesa que les gusta conducir. La conducción puede proporcionar sesiones de meditación menores cuando las condiciones del tráfico exigen poco la toma de decisiones. Simplemente vas con el flujo, a menos que a la vez que manejas el volante trates de recoger un arroz con salsa con una cuchara de plástico de una bandeja de aluminio en precario equilibrio sobre el regazo. Mientras conduces, los cinco -o más– sentidos, resplandientes en sus vaqueros blancos, camiseta en jarras, cinturón de cuero marrón y gafas de espejo, te vigilarán el umbral de la consciencia, Alicia, cuando bajas por la boca de la madriguera.

Es esencial permitir que las imágenes y sentimientos aparezcan libremente, y no encerrarlos protestando bajo la escotilla. Descartar o despistarlos es una receta para la negación, una indicación que los estás juzgando o esquivando: es decir les pones trabas. Puedes discutir con ellos más tarde si eres de carácter argumentativo, pero primero hay que dejarles contarte lo suyo.